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¡Hola, maja!

Aquí estamos otra vez. ¿Qué te parece? En estos pocos días han pasado algunas cosas importantes:

  1. El fin del waka-romance

  2. El fin de Moderdonia

  3. Y, sobre todo, el fin de la supremacía sueca

Girauta solo

Los países escandinavos han dejado de parecernos el modelo a seguir y no podemos parar de hablar de esto. En la newsletter de Verne te explican cómo se hacen los suecos los suecos. Nosotras hoy te contamos otras cosas. 


Empezamos, tan motis como Nadal.


A quién se ha encontrado Clara esta semana:

Andaba yo el sábado pasado por la Feria del Libro, buscando una caseta vacía para poder acercarme tranquilamente a ojear libros sin tener que cruzar la mirada con un autor que estuviera firmando y que pensase que yo quería uno de sus libros cuando en realidad no (oh, hola Ernesto Castro, no, solo estaba mirando). 

Pude categorizar cuatro tipos de firmantes de libros cuyas colas eran especialmente largas: 1) escritores que se hicieron nombre hace muchos años, por ejemplo, Rosa Montero; 2) Influencers escritores con nombres muy de influencers, como Blue Jeans; 3) Famosos que escriben y que la gente adora (Ángel Martín) y 4) Carmen Mola. Cómo te quedas.

Carmen Mola firmando en la Feria del Libro
Ahí estaban, los tres señoresseñoros, tan contentos, firmando a diestro y siniestro bajo una cartela con nombre de mujer. Justo al volver a casa, Carlos nos envió este tuit a Lucía y a mí.
 

Y yo aquí, dándoles más publicidad pudiendo nombrar a tantas mujeres que escriben de maravilla, casi desconocidas fuera de las librerías de mujeres. Lo siento, es que últimamente estoy fascinada por la cantidad de piruetas mentales que hacen algunas personas para colar sus ideas en nombre del feminismo, ese que supuestamente tan de moda está. 

Noto en el ambiente, siendo el ambiente Twitter + la calle, una lupa a cada reivindicación que las mujeres realizan. Por cada una de ellas, surge otra en contra, como si viviéramos en una constante tercera ley de Newton en la que cada pequeña victoria tuviera un fracaso en contraposición. Pienso en la baja menstrual, por ejemplo, o en la aprobación del aborto a menores de edad de al menos 16 años sin consentimiento de sus padres. En constante cuestionamiento, como si nos muriéramos de ganas de estar a diario en casa dobladas por dolor de ovarios o saliendo a abortar como hobby. 

Tuit de Cronopio

Luego tenemos que escuchar quejas de los hombres tan importantes como que ellos no pueden ir en pantalón corto a la oficina. A ver qué hacemos con eso. Pues mira, Manolo, manifiéstate ante la persona que esté al mando del código de vestimenta, a mí que me cuentas. Lo peor de todo es que del logro de esa demanda saldríamos ganando también las mujeres, que en verano estamos heladas en las oficinas porque los estándares del aire acondicionado se establecieron en los años 60 usando como modelo exclusivamente a hombres. En concreto, uno de en torno a 40 años y 70 kg. Nuestra productividad puede bajar un 38% al pasar frío, pero en la lucha por la temperatura, solemos salir perdiendo.

Otro de los casos recientes que los hombres han ganado ha ocurrido en Yorkshire, donde un tribunal ha dictaminado que llamar a un hombre ‘calvo’ sea considerado acoso sexual. Un supervisor (hombre) llamó a un trabajador 'bald cunt'. Lo que vendría a ser 'puto calvo', aunque según mi amiga traductora Carmen, cunt es la palabra más fuerte que existe en inglés, y además literalmente significa coño. El caso es que la palabra cunt ha sido pasada por alto en un tribunal 100% masculino, que en cambio ha dictaminado que calvo es acoso sexual según la Ley de Igualdad inglesa, basándose en un caso anterior donde se declaró a un hombre culpable por meterse con el tamaño del pecho de una compañera. Estoy en contra del bullying y mobbing, pero la comparación es bastante pobre. Para empezar, porque la calvicie no siempre tiene que ver con el género

Los que tienen pelo no pueden hacer esto, de verdad que los calvos molan más.
 

En fin, algunos hombres solo muestran compasión hacia otros hombres –ejem Johnny Depp–. La cuestión es que mientras se monopoliza la conversación con temas polémicos como las bajas menstruales o los juicios mediáticos, nuestros derechos avanzan. Tenemos suerte de que haya mujeres activistas y mujeres en el poder que trabajan en favor de un aborto seguro y gratuito, y también de muchas otras que pelean subir la temperatura en las oficinas. Por suerte, aunque nos pongan todas las trabas del mundo, vamos a paso seguro y estamos en todas partes. Como dice Nerea Pérez de las Heras, cuidadito cuando el movimiento feminista saca músculo, acordaos siempre de Gallardón.


A quién se ha encontrado Lucía esta semana:

Vuelven las fiestas de los barrios 🎉 y con ellas el olor a panceta, los minis en vasos reciclables y, por supuesto, los reencuentros con la gente del instituto. ¡Por fin! ¡Reencontrarte con toda esa gente que llevas sin ver desde los 17! O desde antes de la pandemia, que a mí me parece lo mismo, sinceramente.

Después de tres o cuatro chascarrillos, llega la inevitable pregunta: “Y qué, ¿qué andas haciendo?”. Ahí tienes dos opciones: contestar sin más o soltarle una buena turra, explicando que el trabajo no te define y que eres mucho más que aquello que haces durante (más de) 40 horas a la semana. Así, no solo estarás abriendo una brecha en la forma que tenemos de concebir nuestra profesión como parte de nuestra identidad, sino que le estarás confirmando que no has cambiado nada y que sigues siendo igual de pesada que cuando te castigaban por hablar en clase.

Otra opción igual de válida es narrar las 24 horas de tu día como hace esta profe de inglés en España. “Y a la puta cama”.

 

Todas sabemos que no es lo mismo decir que eres ingeniera aeroespacial que decir que eres cajera. No solo por el estatus social, también por las habilidades y cualidades que le asignamos a la persona. Esto nos pasa por fliparnos y creernos el cuento de la vocación y de que hay que trabajar en algo que te encante (esa gente que dice que le gusta tanto que lo haría gratis, ¡esa gente!). “Elige un trabajo que te guste y no tendrás que trabajar ni un día de tu vida”, que decía Confucio. Pues tan sabio no sería.

Antes –en la Edad Media, jeje– la gente no podía elegir su trabajo: si tu padre era panadero, tú también. Y de ello sí que dependía quién eras, de hecho, las profesiones son el origen de los apellidos en muchos países del mundo. Pero eso cambió en el momento en que se generalizó el acceso a la educación y aparecieron nuevas profesiones, dándonos la (cuestionable) sensación de que podíamos dedicarnos a lo que nos gustara. Así, el trabajo ya no solo tenía que darte de comer: también debía realizarte como persona.

Esa búsqueda de realización es, según algunos, una de las principales causas de la Gran Renuncia, un fenómeno que comenzó en Estados Unidos tras la pandemia, cuando millones de personas dejaron su puesto de trabajo, algunos incluso sin tener una alternativa laboral a la vista. Pay them more, aconsejó Joe Biden a los empresarios que se quejaban de la falta de mano de obra (el Gobierno ha aconsejado lo mismo a los hosteleros en España), pero el problema no es únicamente ese. Aunque lo primero que hagamos sea preguntar a alguien que “a qué se dedica”, cada vez somos más conscientes de que el trabajo no es nuestra vida. Y de eso va el seriote del año: Severance.

Severance

No te dejes llevar por las apariencias: el trabajo nunca es una fiesta. Y menos en Lumon.


La premisa es que los trabajadores pueden someterse a una operación para separar radicalmente la vida laboral de la personal. ¿Cómo? Partiendo el cerebro en dos: una parte para el ‘yo del trabajo’ (el innie) y otra para el ‘yo de la vida’ (el outie). En cuanto entra por la puerta de la oficina, el innie se olvida por completo de quién es: cómo se apellida, si tiene familia e incluso la razón por la que se sometió al procedimiento de Severance. Pero lo mismo pasa hacia el otro lado: a las 17:00 se les cae el boli nivel a lo grande. Nada de correos fuera del horario laboral ni clientes que te hablan por Whatsapp ni llamadas del jefe a deshora ni ná. Por no tener, no tienes ni que saludar al compañero que te encuentres en el súper porque no le reconocerás fuera de la oficina.

Una gran corporación que lo controla todo, empleados que dedican literalmente su vida al trabajo a cambio de pequeñas recompensas 🍉🧇📸 y un curro monótono que tampoco hace especialmente feliz a nadie. La ficción de Apple TV no se aleja tanto de la realidad. Como moraleja, estaría bien que el trabajo no absorbiera tanto de nuestro ser –tiempo, energía, identidad–. Aunque, puestas a pedir, lo ideal sería no trabajar, como decía David Graeber.  Este antropólogo es el autor de ‘Trabajos de mierda’, una descripción que encaja perfectamente con la labor que desempeñan los innies en Lumon y que consiste básicamente en realizar tareas absurdas en departamentos con nombres fancies como Macro Data Refinement

No trabajar, dice Graeber, es la única forma de salvar el planeta. Y a nosotras a ecologistas no nos gana nadie 🌱

Mi sueño: que vaya un holograma a trabajar por mí 👑

Bueno, y hasta aquí lo que le respondería a ese viejo compañero de clase que me encontré en las fiestas y me preguntó a qué me dedicaba. Hasta el año que viene.


Maja, si no quieres trabajar, miscelánea has de disfrutar:

¿Sabéis lo que dice mi sobrino cuando le preguntan qué quiere ser de mayor? Jubilado.
Esa es la actitud.


Camarada Bakunin - (@CamaradaBakunin)

Bueno, nos despedimos por hoy que ya hemos trabajado mucho. Te deseamos un día estupendo, menos si te vas a desuscribir de Majas. Como diría Shakira, pedazo de cuero, no vuelvas nunca más, yo no estaré a-quí.

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