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¡Hola, maja!

Buff, Maja, vaya semanita. Si Aznar decía hace unos días que la situación de Ucrania era mejor que la del PP ahora ya no sabemos qué decirte.

Nosotras somos más de cine español que de cine bélico, así que vamos al lío:


La película de esta semana para Clara:

Hola, muy buenas. Pues aquí venimos, a deciros que quién lo impide. Porque sí, somos jóvenes, y sí, no tenemos ni puta idea de la vida. Y nos van a dar palos y palos y palos, ¿y qué más da? porque ¿sabéis qué? lo único que hace falta es soñar. Todos los que estáis ahí, todos, todos vosotros tenéis sueños. ¿Quién coño os va a decir que no podéis hacerlo? Nadie. ¿Sabéis qué? Porque nadie, absolutamente nadie lo impide.

Este texto tan idealista forma parte del proyecto cinemátográfico de Jonás Trueba estrenado el año pasado en el Festival de San Sebastián y que este mes se llevó el premio Goya a Mejor Documental. Candela Recio se desgañita en un escenario para decirnos que la generación Z tiene sus deseos y que merecen reconocimiento.

Quién lo impide, el semidocumental de cuatro horas (¡con dos descansos de 5 minutos para ir al baño!) surgió en 2014, cuando Trueba rodó su película La reconquista. En ella se estrenaron como actores varios adolescentes. Después, el director siguió en contacto con ellos y ellas. Tanto, que se pasaron cuatro años rodando juntos, encontrando también su espacio para desarrollarse detrás de las cámaras. Aquí lo cuenta uno de ellos.

Durante la cuarentena de marzo de 2020, Filmin publicó por un breve tiempo cuatro de los mediometrajes del proyecto, y yo, devota de Jonás Trueba, qué iba a hacer.

La película es un resumen de las cuatro piezas y una parte final en la que los y las adolescentes hablan de cómo vivieron la pandemia.


Una de las partes de Quién lo impide que más me gusta es el viaje de fin de curso del alumnado de bachillerato a Andalucía. Regurgité todas las sensaciones de mis viajes con el instituto. Y el cringe. Oh, el cringe. Saber que yo fui una de ellas. Adolescentes que se ríen por todo, que compran alcohol a escondidas o que rapean en mitad de una visita guiada. Pero Trueba no solo nos abre la puerta a la vergüenza ajena. Utiliza todo el tiempo posible para dignificar y sobre todo escuchar a la juventud zeta. Por desgracia, no hay muchos ejemplos más de esta escucha activa, pero recientemente sí uno muy claro: #LodeMorad.

Haz clic para ver la crisis identitaria de las personas nacidas en 1996.


La generación de cristal, llaman a los centennials. Les suponen frágiles, hipersensibles, sobreprotegidos, ofendidos, egocéntricos, copos de nieve, woke. Se defienden diciendo que son de cristal porque son transparentes: dejan ver a través de sí sus inquietudes. Muestran sus sentimientos (nivel llorar en redes sociales –por supuesto, hay artículo de El País al respecto–), reivindican la salud mental y las habilidades comunicativas. Y destierran el humor boomer. Por cierto, Carlos definió muy bien en Majas qué es el humor boomer.

Esto de creer que la generación de una misma es la mejor no es nada nuevo: es común juzgar a la juventud según la propia vivencia. Vale, la chavalada de hoy no ha vivido una guerra, pero qué ganamos con jerarquizar los problemas. ¿Acaso vivir en la era del precariado es sencillo? Minimizar los problemas de los jóvenes de hoy solo nos convierte en inflexibles y ecpáticos. En gentuza, vaya.

La solución parece sencilla pero es compleja y es la de siempre: revisarnos. Comprender que aunque los jóvenes no tengan décadas de experiencias a sus espaldas, son personas completas (recuerdo aquella vez que fui a una entrevista de trabajo y me dijeron “qué jovencita eres” no una ni dos ni tres, sino tres veces. No me cogieron). 

Ejemplo de revisión: Lucía Lijtmaer habla en Deforme Semanal del cómico Stephen Fry, que con 17 años escribió una carta a su yo adulto: “Sé que cuando leas esto te avergonzarás y lo despreciarás, pero todo lo que soy ahora es más verdadero y mejor de lo que llegaré a ser jamás. Cada día que me aleje de este yo será una traición y una derrota. De ahora en adelante, mi vida ya ha pasado.” Con 52 años se respondió a sí mismo sin reproches ni grandes nostalgias. “A medida que envejeces, empezarás a descender a las profundidades. Sin embargo, te recuperarás y te encontrarás en la universidad, donde será asombrosamente fácil ser abierto sobre tu sexualidad. Pero no te engañes. Para millones de adolescentes en todo el mundo, todavía estamos en 1973. No temas, joven Stephen, tu vida se desarrollará de forma más rica, más aceptada y más feliz de lo que nunca te atreviste a esperar.”

La versión tuit centennial de la carta original. 


En realidad, como dicen en Deforme Semanal, ser joven tiene el mismo mérito que hacerte rica siendo la hija de Amancio Ortega. Es solo una etapa por la que todas tenemos que pasar (tú también lo has vivido). Candela Recio afirmó al recoger la Concha de Plata a la mejor interpretación de reparto: “no nos estáis premiando por interpretar personajes de ficción, sino a nosotros imaginándonos a nosotros mismos como personajes de ficción, hablando de cosas que creemos que son importantes que se escuchen.” Empecemos por dar espacios a la juventud más allá de los márgenes, incluyendo el telediario. (Duda: ¿Twitch es un margen?).


La película de esta semana para Lucía:

La semana pasada fui al cine para tener algo que contar hoy en Majas, pero me podía haber ahorrado el dinero de la entrada, porque para película la que se han montado Paul Married y sus secuaces. Como en El Buen Patrón, el final era predecible: ganan los malos. Aunque en el caso del PP nos daba un poco igual cuál: tanto monta, monta tanto Isabel como Casado.

Pero volviendo a lo nuestro: mi película de esta semana. La ganadora del Goya me pareció entretenida, aunque no pude evitar acordarme del artículo de Irantzu Varela. En esta ocasión, mi querido Fernando León de Aranoa no pasa el test de Bechdel ni queriendo. Eso sí, me viene de perlas para introducir el tema del que vengo a hablarte hoy: el pacto de ficción.

El Buen Patrón se llevó 6 Goyas y algún que otro zasca,
por aquello de haber sido producida por el peor patrón.


El pacto de ficción es ese mecanismo por el cual nos tragamos que la becaria monísima se fije en el jefe cincuentón y le empiece a lanzar indirectas insinuantes en su primer día de trabajo. Son esas dos horas de tregua (cuatro con dos descansos de 5 minutos para ir al baño en el caso de Quién lo impide) durante las cuales nos creemos todo: que en el futuro habrá monopatines voladores, que cuando nos despistamos los juguetes cobran vida o que el tipo ese que se ahogó en el Titanic es también el Lobo de Wall Street. Mientras dure la película, estaremos dispuestas a aceptar cualquier cosa que ocurra en la pantalla. Por imposible que parezca, nos entregaremos a la mentira con devoción: sufriremos, celebraremos e incluso lloraremos como si fuera real porque, mientras permanezcamos en la butaca, esa será, de hecho, nuestra única realidad.

El poeta y filósofo Samuel Taylor Coleridge lo definió en 1817 como “willing suspension of disbelief”, una suspensión voluntaria de la incredulidad que nos permite meternos de lleno en la historia y disfrutarla sin atender a la lógica ni la razón. Sabemos perfectamente que las becarias-lolitas solo existen en las fantasías de los señores y que Leonardo DiCaprio no es Jack, sino un actor. Pero nos da igual.

Titanic, pero con un gato. Si haces clic verás a Owl Kitty quitándole protagonismo a Rose. Aunque mi incursión favorita es cuando se coló en Ghost.


Esta suspensión voluntaria de la incredulidad no solo se da en el cine. Hace poco lo escuché en un podcast (no recuerdo cuál, too many content, muy poco espíritu 🙏) refiriéndose a Shakespeare. Y es que desde la butaca del teatro funciona igual de bien: hacemos como que nos creemos los decorados de cartón-piedra, los disfraces de los actores, los diálogos afectados… Todo nos parece verdad, todo es verdad.

Y esa es la cuestión. El pacto de ficción se basa en ese acuerdo no escrito entre creador/a y espectador/a: ambos fingen que los hechos que se narran son ciertos. Como los NFT:

¿Seguro que poseo este contenido digital que no existe? Claro que sí (guiño, guiño).


La única norma es que quien escribe tiene que respetar el pacto. Ya lo dijo Aristóteles: mentira creíble > verdad increíble. La historia debe ser verosímil dentro del universo en el que se desarrolla: podemos comprar que ni la policía ni el CNI consigan detener al Profesor, pero no nos parecería creíble que se teletransportara mágicamente al Banco de España o que llegara volando en una Nimbus 2000. En cambio, que se pongan a derretir el oro de la caja fuerte nos parece OK.

Y hablando de bandas organizadas. Lo que está ocurriendo en el PP bien podría encajar dentro de la definición de pacto ficcional: Pablo Casado finge que lo que dijo el viernes en la COPE no ha pasado y perdona el expediente a Ayuso, la gente que se manifiesta en Génova hacen como que lo de comprar mascarillas a tu hermano es una conducta intachable y Almeida juega al disimulo para hacernos creer que en realidad nunca ha sido el fiel portavoz del partido. Los medios de comunicación, por su parte… los medios de comunicación viven en una suspensión voluntaria de la incredulidad permanente.

En fin. Menos mal que tenemos al cine y a Carla Simón para ayudarnos a desconectar de esta realidad increíble y trasladarnos a otros mundos/mentiras, al menos el ratito que dura el pacto de ficción.


Miscelánea de cine, Maja:

Pero si el otro día estaba tan normal, insultando al presidente de México, gritando cosas de ETA y dando mítines frente a vacas. No somos nadie. 

gerardo tecé
- (@gerardotc)
Y hasta aquí esta newsletter tan cinéfila. Está el mundo ahora que casi mejor vivir en la ficción, pero esperamos que en la próxima entrega de Majas las noticias sean mejores. Por ahora, como Carromero, nosotras ya nos vamos yendo.
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