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¡Hola, maja!

La moción de censura, el aniversario de la guerra, una nueva canción de Shakira, una trama de corrupción en España… Nuestro algoritmo está un poco atrofiado esta semana y no nos salen cositas del humor. Claro, en los headquarters de Twitter se están echando la siesta y luego pasa lo que pasa...

A esta jefaza de Twitter, una motivada que dormía en la oficina, la ha despedido estos días Elon Musk. Moraleja: no trabajéis tanto.


Mientras Twitter se pone las pilas, habrá que leer libros de verdad. Aquí los de esta semana:
 

La lectura de Clara esta semana:

Descubrí esta historia hace unos meses, cuando iba por las casas de amigos y familiares pidiendo libros prestados para mi año en el extranjero. En Nochevieja, mi tía Lourdes fue a su estantería y cogió este para mí (con vuelta, me dijo, obviamente): Los autonautas de la cosmopista o Un viaje atemporal París~Marsella, de Carol Dunlop y Julio Cortázar. A simple vista un tostón tochísimo con la portada más vintage que recuerdo. Perfecto. 

En la primera página aparece una dedicatoria de mi tía a mi abuelo, de marzo de 1984, y un papel pegado con el sello de la librería donde se compró (he encontrado este artículo de El País sobre su cierre en 2007). También hay un anuncio de 1995 que alguien usaba como marcapáginas: una brocha de maquillaje rebajada de 595 a 295 ptas, que sinceramente, me parece mazo de cara para la época (3,60€ sin la rebaja, más que en Primor).

Bueno, que yo he venido aquí a hablar de mi libro. La cuestión es que Julio Cortázar y su mujer, también escritora, Carol Dunlop, decidieron en 1982 llevar a cabo una expedición de 33 días que idearon en 1978 y que no pudieron completar antes porque la vida hiperproductiva era ya estresante en los 70 y no solo en los dosmilveinte. Consiste en lo siguiente:

En la autopista entre París y Marsella hay 65 áreas de descanso. Muy pocas tienen restaurantes, pero no los rechazaron. Aventureros ma non troppo.


Para el viaje contaron con su Volkswagen T2 a la que bautizaron como ‘Fafner el dragón’ y con amigos que de vez en cuando les visitaban para llevarles vino y alimentos frescos, porque estaban bastante obsesionados con pillar escorbuto. Recordemos que por la época no había móviles y sus amigos iban por la autopista buscándoles por cada área de descanso.

Julio Cortázar saliendo de Fafner

Cortázar saliendo de Fafner, aparentemente sin escorbuto.


¿Que por qué hicieron este viaje que a simple vista es absurdo? M̶i̶ ̶t̶e̶o̶r̶í̶a̶ ̶e̶s̶ ̶q̶u̶e̶ ̶p̶a̶’̶ ̶p̶o̶d̶e̶r̶ ̶f̶o̶l̶l̶a̶r̶ ̶e̶n̶ ̶p̶a̶z̶. Sin más, decidieron transformar un camino rápido, que actualmente se hace en 8 horas, en algo pausado que saborear. En cada paradero leían, escribían a máquina, dibujaban, tomaban el sol, escuchaban música, comían e investigaban los alrededores. Y todo lo anotaban. Conducían unos 20 minutos al día y el resto se lo dedicaban a la vida contemplativa. 

Y de esa buena vida va el libro: narrar chorraditas del día a día de dos escritores con ínfulas de científicos. Son capaces de echarle morro para escribir un capítulo épico sobre cómo las hormigas entraron en su caravana o cómo unos columpios cualquiera se transforman en instrumentos de brujería. Me alegro sinceramente de que encontraran su motivación con este viaje, aunque en realidad opino un poco como esta crítica de Goodreads, que lo define como paripé. 

Vale. Creo que en el fondo lo que tengo es envidia, pues yo tampoco aspiro a mucho más que a tocarme el papo en cualquier estación de servicio durante 33 días seguidos, aunque también es verdad que no pretendería vender esa experiencia como el trascendentalismo. Supongo que es cierto que simplemente debemos aprender a hacer de nuestra vida llana una aventura.

Ticket de comida: cebollas, chipirones, cabrales, bonito, fabada...

Dentro del libro también encontré este recibo del 10 de agosto de 1995 del restaurante asturiano donde en mi familia todos hemos comido miles de veces (este restaurante sí que sigue existiendo). Mis abuelos/tías se dividieron la cuenta al milímetro por cada bocado que dieron a ese cabrales.


A todo esto, una de las cosas que más me llamó la atención de Cortázar y Dunlop es que hicieron este viaje en 1982, cuando él tenía 68 años (y ella 36, Leonardos Dicaprios siempre hubo). Todos los que pensáis que con 40 años ya somos viejos tenéis que leer este libro: ni una sola mención a la edad o a sentirse mayor. 

Dos conclusiones finales random de mi lectura:

  1. Lo mejor de los libros es encontrar historias familiares dentro.
  2. Lucía y yo nos propusimos hacer un viaje del estilo al que nombramos ‘Keep it cutre’. Ahora creo que algún día, tal vez con 70 años, cuando seamos jóvenes, lo haremos.



La lectura de Lucía esta semana:

Cuando era pequeña, los médicos me prohibieron leer en la cama. Por lo visto, me costaba conciliar el sueño y los libros me despejaban. Claro, quién se iba a poder dormir sin saber el final de El Pirata Garrapata.

Seguro que uno de esos libros que me mantenían en vela era Las Brujas, de Roald Dahl, (ya te conté que ese libro me marcó). Me fascinaba y me aterrorizaba a partes iguales no solo por la historia y los personajes sino por las posibilidad que planteaba: ¿y si las brujas fueran mujeres NORMALES? ¿Y si estuvieran entre nosotros? Uf. Sigo un poco pensándolo, no te voy a engañar. 

Esto podría ser un ejemplo de la influencia que los libros infantiles tienen en nuestra vida adulta (me refiero a sospechar de todas y cada una de las mujeres que llevan guantes). Visto así, se entiende un poco mejor la polémica que ha habido esta semana con lo de Roald Dahl.

Un momento: calvo y con guantes. ¿Es Bernie Sanders una bruja?


Seguro que ya has leído sobre ello, pero te resumo. Hace un par de semanas, el periódico The Telegraph publicaba los cambios que la editorial Puffin y The Roald Dahl Story Company habían realizado en los cuentos del autor. Son pequeñas modificaciones tipo: los Oompa Loompas no son "hombres pequeños" sino "personas pequeñas", Matilda lee libros escritos por mujeres y Willy Wonka ya no promueve la gordofobia diciéndole a la madre de Augustus Gloop que le ponga a dieta.

Algunos ejemplos del trabajo realizado por Inclusive Minds en colaboración con la editorial: se aclara que hay mujeres calvas por muchas razones, sustituye “cajera de supermercado” y “secretaria” por “científica” y “empresaria” y modifica levemente la lista de lecturas de Matilda.


Ya te puedes imaginar a los señoros de turno empalmándose (¡qué ordinaria! me censuraría a mí misma 🙊) pensando en la de columnas de opinión que iban a poder escribir quejándose de la corrección política, el lenguaje inclusivo, la censura woke y la progresía en general: que si a dónde vamos a llegar, que si ya no se pueden hacer chistes de nada… No ha faltado ni uno a la cita: Savater, Soto Ivars, Boyero (su columna promete, se llama ‘Inquisición’), etc.

Pero que los defensores de la libertad y de lo políticamente incorrecto no te confundan. Existen formas de ser críticas sin caer en la ridiculización de lo woke. Opiniones como la de Lucía Lijtmaer, experta en Ofendiditos, que recuerda que esto se lleva haciendo siglos y que se ha reescrito hasta al mismísimo Shakespeare. O la de Elvira Lindo, que también pone el asunto en perspectiva: los cuentos de los hermanos Grimm ya son una versión suavizada de las fábulas que recogía el Pentamerón, una antología del siglo XVII donde la Bella Durmiente no tiene nada que ver con la Princesa Disney que te imaginas.

Que se haya hecho previamente no quiere decir que sea positivo. La autora de Manolito Gafotas (otro de esos libros que me acompañó en mi infancia insomne, soñando con conocer el Parque del Ahorcado) celebra el revuelo ocasionado porque por fin se presta atención a la literatura infantil. Ella ya contó su experiencia con la censura y advirtió de los riesgos de la excesiva pedagogización. Cuenta que en Estados Unidos a las traductoras se les pedía un Manolito modélico: con menos referencias al alcohol y tabaco, rebajando el humor escatológico (Susana Bragas Sucias ❤️) y que incluso censuraron uno de los dibujos con Manolito y sus amigos frente a Las tres Gracias de Rubens en el Prado. Esta:

No sé por qué dan tanto miedo nuestras tetaaaaas 🎶  También decían que fomentaba el bullying y me imagino que tampoco serían muy fans de las collejas de su madre.


En Francia, el abuelo y Manolito no dormían juntos. Y en Irán, se censuró el último libro en el que (spoiler alert) el Orejones sale del armario 🏳️‍🌈  En fin. Que Roald Dahl no ha sido el único en sufrir el síndrome de la mujer del reverendo de los Simpsons.

¿Deben ser los libros y sus personajes modélicos? En la newsletter de Yorokobu (esta se la vi a La hojeadora, referente literario en Instagram) se preguntan si “estamos delegando en el arte o la literatura la transmisión de valores que los niños deberían aprender en casa y en la escuela”. Pero ¿qué pasa si la cultura que consumimos es racista, machista, homófoba…? ¿La solución es editar todos y cada uno de los libros que se han escrito a lo largo de la historia? No lo veo… pero a la vez, no puedo dejar de preguntarme si hoy sería diferente si en lugar de esas historias hubiera leído los cuentos de princesas empoderadas y sin príncipe azul que editan ahora (yo me leí este, jeje).

“Yo no lo escribí para educar a nadie” dice Elvira Lindo, y es verdad. Pero también es cierto que los libros te enseñan. En la literatura infantil te enseñan a ser valiente, leal y, en el caso de Roald Dahl, que a cualquier persona, por ordinaria que parezca, le pueden pasar cosas extraordinarias. La llave de su éxito, recordaba El País tras su muerte en 1990, consistía en conspirar con los niños contra los adultos. Sobre todo contra los médicos que no dejaban a las niñas leer en su cama.


Maja, miscelánea para lectoras, lectores y autonautas:

Libro en totebag 
libro en totebag 
leído un minuto 
después vuelto a guardar. 
Libro en totebag 
Libro en totebag 
tres kilos en tu hombro 
recorren la ciudad.


Julia Viejo (@JulitaViejo)

Querida Maja, nos vamos por hoy. Tenemos muchas cosas que hacer, empezando, como Tamames, por defender el comunismo. Más o menos.

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