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¡Hola, maja!

¿Qué tal estás? Nosotras bien, pero no tan bien como este chico:

Además, el vídeo confirma nuestra teoría de que los hermanos Muñoz están SIEMPRE juntos, excepto cuando Josele ha tirado pal coche.

Nosotras también estamos casi siempre juntas, la verdad 👭 Menos este fin de semana, que cada una hemos estado en un sitio. Aun así, te traemos una buena chapa igual. Esperamos que te emociones tanto como el chaval de la despedida.


La chapa de Lucía:

La semana pasada estaba de vacaciones y estaba muy feliz. Tan feliz, que subí una foto a mi estado de WhatsApp.

Tuvo una gran acogida, como puedes ver. 

La foto eran dos cafés con leche y hielo y decía algo así como: café con leche y hielo season ☀️ No sé qué me pasó. Estaba agustísimo: sentada en una terraza, un día laborable, sin prisa. Hacía calor, pero no demasiado. Era el primer día que salía a la calle con sandalias (pinreles al aire season 🦶) y estaba pletórica. Mi mente realizó una extraña conexión según la cual debía compartir con el mundo (mis contactos de Whatsapp) lo increíblemente a gusto que estaba, lo bien que me estaba sentando ese café con leche y hielo y lo mucho que me gusta el verano. Y así lo hice.

Un rato antes, había visitado una exposición sobre el arte del trampantojo en el Thyssen. Yo pensaba que un trampantojo era lo que hacían en MasterChef, de cocinar un postre que pareciera un chorizo o la moda esa de convertirlo todo en tartas (¿los croissants de Carlos Ríos cuentan como trampantojo?).
Gran oportunidad para rescatar uno de los mejores GIFs ever. Por cierto, que Netflix, como no podía ser de otra manera, ha creado un show a partir del meme de Is it Cake?
 

Resulta que un trampantojo también puede ser un bodegón hiperrealista, el retrato de un niño que parece escaparse del cuadro o un cajero cubierto de graffitis. O, como explican los comisarios de la exposición, "la habilidad para engañar al espectador haciendo pasar lo pintado por real".

Pienso en esta definición mientras me echo antiojeras: maquillar la realidad para que no parezca que estoy agotada y que he dormido seis horas porque estuve haciendo scroll en la cama hasta que dí con un artículo en el que hablaba sobre eso mismo, de hacer scroll. El móvil choca contra mi frente iluminando mi cara, acobardada entre un edredón, en víspera de laborable. Siempre certera, Anna Pacheco.

Volviendo al antiojeras/trampantojo: engañar al ojo. En este caso, al de la cámara: hoy me toca hacer turismo –recuerda que estoy de vacaciones– y es probable que caiga alguna foto en la que me gustaría salir decente, descansadísima, ideal. No soy la única. En las terrazas del Duomo me encuentro a unas chicas monísimas, vestidas como si acabaran de desfilar en la pasarela de Milán. Hace cerca de 35 grados y hay una excursión con cuarenta preadolescentes que corren y gritan sin parar, pero a ellas les da igual. Como si de unas pintoras holandesas del siglo XVII se trataran, estas chicas saben cómo "hacer pasar lo pintado por real". Posar de forma casual, mirada al suelo, melena al viento. El trampantojo del siglo XXI. Ah, ¿pero que me estabas haciendo una foto? No me había dado ni cuenta. 

Me recuerdan a este post de Beatriz Serrano sobre cómo hemos interiorizado la estética de Instagram y sus poses. Y de cómo las repetimos, contribuyendo así a reproducirlas y a extenderlas aún más. No sé por qué me viene a la cabeza la foto esa del mono que robó la cámara al fotógrafo y se hizo un selfie sonriendo. Si se la tomara hoy, se la haría mirando hacia abajo, como si le hubieran pillado infraganti, buscando algo en el suelo de la selva. Ellos también aprenden por imitación.

Lo más fuerte del mono Naruto es que ganó dinero con el selfie: el cámara le cedió el 25% de los beneficios tras ganar el juicio por los derechos de autor de la foto.
 

Lo interesante de los trampantojos es que nos llevan a cuestionarnos la autenticidad de lo que vemos. ¿Es una foto o una pintura? O, llevado al mundo de las redes sociales (de los filtros y la dismorfia de Snapchat ya hablaremos otro día, que eso ya sabemos que es fake): ¿de verdad le han hecho esa foto sin que se pispara? 

No tan rápido, amiga. Aparentemente hay una red social que todavía no se ha contaminado por la estética impostada de Instagram. Se llama BeReal y quiere enseñarte “quiénes son realmente tus amigos en su día a día”. Básicamente, os llega una notificación simultánea y al recibirla tenéis que publicar una foto con la cámara delantera y otra con la cámara trasera con lo que estéis haciendo en ese momento.

Promete espontaneidad, aunque el New York Times la llamó “aburrida” (en plan piropo). Pero es que, claro, qué gracia tiene una foto de mí revisando etiquetas en el Mercadona un martes. Lo suyo es compartir momentos trepidantes y especiales: un vídeo borroso de un concierto en el que solo se oye a gente desafinando, un ‘robado’ mirando a la nada y pensando en todo con cualquier fondo detrás —este es intercambiable: puede ser el Duomo de Milán, un paisaje de playa/montaña, un graffiti en una pared...— o dos relaxing cafés con leche y hielo un día soleado en una terraza.

Ostras, no es ningún trampantojo: verdaderamente soy una boomer. Subid las fotos que queráis a donde queráis. En todas ellas tendréis mi like 👍


La chapa de Clara:

Te mentí. Mi elemento urbano favorito no son las cabinas telefónicas. Existe otro que la pandemia expulsó de nuestras vidas y que ha vuelto recientemente. Un elemento capaz de desterrar las cabinas de mi lista de elementos urbanos favoritos (¿puedo parar de decir elemento urbano?).

Sí, sí, amigas. Hablemos de los baños químicos.

letrinas y cuerpos

En internet se ha hecho humor de todo, como de este vídeo mazo de random sobre el Día Mundial del Retrete. 
 

 Lo primero, el nombre: ¿letrina? ¿Policlin? ¿Baño químico? ¿Aseo portátil? ¿Porta-Potty? ¿Infierno festivalero? Nadie sabe realmente cómo se llama e Internet no da la respuesta oficial, así que no podemos cubrir ese vacío legal. Siguiente punto: ¿quién coño ha diseñado este elemento de tortura? Fue en 1940 cuando se crearon los baños portátiles. Durante la II Guerra Mundial, las tropas requerían soluciones sanitarias fáciles de instalar y transportar, por lo que los astilleros de construcción naval (supongo que norteamericanos, esta web no lo confirma) se pusieron manos a la obra, reemplazando las letrinas de cubo utilizadas durante la I Guerra Mundial y que no hacían más que esparcir enfermedades.

Dicho todo lo anterior, lo que está claro es una cosa: quien ha diseñado esto ha sido un hombre. Medianamente alto, me atrevo a decir. Y que por supuesto, no tiene la regla.

Torturas para una mujer en un baño químico:
 
  1. 💡 No hay luz. No sabes si estás meando encima de una taza, de una caca ajena, de ti misma o del suelo.
     
  2. 🧻 Nunca hay papel. Esto es obvio, pero bueno, no por ello lo olvidamos.
     
  3. 🚽 La “taza del váter” en sí misma. Que vale que yo sea una persona bajita (muy), pero esa supuesta taza (no está claro porque sin luz no vemos) está muy alta. Nos obliga a alcanzar una postura casi imposible, no hay pierna suficiente que te permita estar de cuclillas sin apoyar el culo.
     
  4. 🤏 No hay profundidad. Si meas de pie, sin problema. Si meas sentada, tienes que arrodillarte y 100% que vas a dar tu cabeza contra la puerta.
     
  5. 👜 Por supuesto que no puedes dejar un bolso / abrigo / kleenex / mochila en ningún sitio. Un buen alma caritativa tendrá que sujetarlo fuera.
     
  6. 🧼 La limpieza, claro. Que es el motivo por el que deseas no tocar nada. Porque el suelo es basura y pis del resto de mujeres que no llegaban a la taza y se mearon fuera.
     
  7. 👃 El olor. La química que desprende ese supuesto olor a limpio y que es casi peor que el olor a mierda.

A la izquierda, ilustración de Patri. A la derecha, yo este fin de semana. Reconozco que lo mejor del Interestelar (además de esto) fueron los baños. Sin cola, bastante limpios y más o menos a una altura decente, siempre que choques la cabeza contra la puerta. Lo peor fueron las pulgas.
 

Estoy obsesionada con #lodelosbaños. Una vez fui a un festival que tenía letrinas con jabón, luz y papel que duró toda la noche. No por nada lo recuerdo como el mejor festival de mi vida. He olvidado quién tocó pero jamás olvidaré esos baños. En Majas he hablado del tema, al igual que de los baños públicos. Pero ahora solo pido unos que al menos haya diseñado una persona que sabe cómo mea una mujer, a poder ser mujer. Y buscando, encontré los de Lapee.

Los hicieron rosas porque si fueran azules estaría toda la población confundida.
 

Este diseño es una creación de Gina y Alexander, especialmente pensado para que las mujeres podamos mear en eventos rápido, con intimidad y comodidad. Están hechos de material reciclable y no utilizan agua. No lo he podido comprobar, pero aseguran que no acumulan malos olores y que son muy fáciles de limpiar. En este vídeo promocional tienes toda la info. El mejor comentario que he leído al respecto es “hay que estar un poco borracha para utilizarlo”. Pero la cuestión no es esa, la cuestión es que necesitamos a mujeres también imaginando, diseñando, creando y patentando soluciones para mujeres. Por favor, a quien tenga dinero: invierta en sus ideas. Solo las mujeres saben qué determinadas necesidades tienen otras mujeres. 

Otro día te cuento sobre la historia de las bragas. No te sorprenderá.


Maja, miscelánea para las que no saben cómo ser mujer:

Nadie me dijo de pequeña que con casi 25 años uno de mis mayores miedos sería estafar a hacienda sin querer.

Vuestra vecina y amiga Sara Riveiro - (@SaraRiveiro)
Y así, sin más explicación, termina un nuevo número de Majas. Como diría el Emérito, "¿explicaciones de qué? jajaja". 
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