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¡Hola, maja!

 

¿Qué tal ha ido tu Semana Santa? ¿Ha sido así (como la nuestra) o has conseguido escapar? Si eres de esas, te odiamos un poquito, aunque esperamos que no hayas tenido que vértelas con la Guardia Civil.

¿Se nota nuestra frustración por habernos quedado en casa? Pues eso no es nada...


La frustración de Clara esta temporada:

Este texto nace de mi frustración anual que comienza por estas fechas, cuando se deja de necesitar el abrigo. Además, últimamente he decidido llevar mochila para hacer sufrir menos a mi espalda, aunque eso haya comprometido al sentido de la estética. Es entonces cuando necesito acudir a los bolsillos de los pantalones para guardar el móvil, que va unido a mí mediante unos cascos no inalámbricos porque soy una boomer. Y aquí es donde comienza el drama.

Bolsillos enanos
Solo hay dos tipos de bolsillos en los pantalones de mujer: unos en los que no cabe nada, o directamente unos FALSOS.

Entonces empiezo a gritar descosida WE WANT POCKETS!!, como esta chica, porque ya no puedo guardar ni una mísera llave. Y eso que con el bizum he dejado de tocar dinero cash.

Cada mañana al vestirme me pregunto: ¿por qué existen los bolsillos decorativos? Aquí te dejo esta página súper interesante con animaciones chulis sobre el tema. Efectivamente, hay que sumar a la lista de desigualdades de género algo tan absurdo como los bolsillos. Los de hombre son un 48% más largos y un 6% más anchos, y eso que no te estoy incluyendo ahí los pantalones pitillos (que por cierto, ya no se llevan, según los centennials).

¿Y de dónde viene esto? De cuándo, más bien. A principios del s. XVIII los bolsillos eran una especie de riñonera que tanto hombres como mujeres llevaban atados a sus ropas para esconder sus moneditas de oro y que nadie se las robara, que había mucho ladronzuelo suelto. Tiempo después, el estilo rococó dio paso a la moderación y el pensamiento popular sostenía que las cuatro protuberancias externas (así traduce Google “external bulges”) de las mujeres, siendo estas dos tetas y dos caderas, eran más que suficientes, y que una quinta pues ya no venía a cuento.

¡Tachán! Así, lectoras y lectores, es como nació el bolso. Quitándonos los bolsillos. Y no, la mujer de la imagen no tiene un móvil en la mano.

La moda cambió, pero solo para las mujeres: siluetas delgadas, faldas ajustadas… en el neoclásico no había cabida para los bolsillos. ¿Y las cosas de las mujeres qué? Pues para eso, Maja, se inventó el retículo, aka el primer bolso. Y es que la Revolución Francesa cambió en la sociedad las nociones de propiedad y privacidad. Los bolsillos de las mujeres, hasta entonces espacios privados que escondían secretos, fueron eliminados, y los bolsos pasaron a ser visibles y transportados con la manita (relajá, Manué).

Una vez más las mujeres tuvieron que doblegarse al mandato social de resultar deseosas para los demás. Con la Segunda Guerra Mundial se promovió que volvieran a llevar ropa práctica para reemplazar a los hombres en sus puestos de trabajo, pero enseguida retornó la obsesión de estilizar su figura, y en 1954 Christian Dior se dio el lujo de decir que los hombres tienen bolsillos para guardar cosas, las mujeres como decoración. Pues aquí tienes una respuesta, Christian. Que no queremos dejarnos más dinero en bolsos, joder.

Mujeres trabajando en el campo con sus pockets y buscando la gracia de Dior.

Lo menos gracioso de todo es que no fue hasta la llegada del iPhone 6 que reapareció el activismo de los bolsillos y surgió el movimiento We Want Pockets. Cuando se lanzó, este modelo de móvil era el más grande que había en el mercado, y hasta las más altas firmas de diseño tuvieron que pensar en adaptarse a él. Porque no hay nada que no haga Apple que nos permita vivir tranquilas (por favor, devolvednos los puertos USB).

Bolso de pasarela
Bolso de pasarela 2
Diseñadorxs pensando en dónde iban a llevar las mujeres los iPhone 6.

Después de todo esto, yo en realidad solo quiero dos cosas:

  1. Aprender a abrir los bolsillos falsos

  2. Poder cantar Hand in my pocket de Alanis Morissette y que sea verdad.

La frustración de Lucía de esta temporada:

Yo creía que ya había pasado la fase de la fatiga pandémica. Ya no estaba tan cansada de estar cansada de estar cansada. En realidad, no estoy segura de si lo había superado o simplemente es que hacía bueno. El caso, que me veía estupenda, dispuesta a empezar la temporada primavera-verano con la mejor de mis sonrisas cuando…

¡Chas! Me cruzo con un artículo invernal-invernal sobre que ahora ya no se lleva la felicidad en Instagram 😱 ¡Pero será posible! Esto es peor que lo de los pitillo. ¿Y ahora qué hacemos con todo este buen humor que nos ha traído el solecito y esos pantalones tan ajustados estrangulándonos los tobillos? Mi gran frustración: no ir nunca a la moda.

No puedo decir que me haya pillado por sorpresa. Esta misma semana, Carlotta Cosials, de las Hinds, colgaba una foto llorosa en su Instagram insinuando que lo había dejado con su novio (y en su blog, esta otra tan poética 💔). Y no es la primera persona famosa que se muestra así de vulnerable en redes. Miguel Herrán (aka Río), por ejemplo, también lo hizo hace un par de años: él directamente se grabó llorando con la cámara del móvil. Súper trágico el momento en el que le empiezan a entrar notificaciones mientras una lágrima le resbala por la mejilla

Esta es la foto de Carlotta Cosials llorosa 😢

Claro que no es lo mismo mostrar tu dolor en Instagram que las cuentas de memes depresivos. ¿O sí? El artículo del que te hablaba al principio repasa el fenómeno de “los perfiles con temática triste”. Son cuentas dedicadas a la ansiedad, la salud mental y la bajona, como @bajonasso, que recopila las viñetas más tristes del mundo del cómic, desde Snoopy a las abuelas de Ana Penyas. La mayoría de estas “cuentas tristes” tiran de ironía y humor negro. Y también de la identificación: aunque no hayas visto Twin Peaks, seguro que haces lo mismo que Dale Cooper en este meme.

Este lenguaje compartido, una mezcla de tristeza/risa/resignación, se encuentra por todas partes en Internet, sobre todo, entre millennials y centennials. Llorar en redes sociales está permitido (tenemos el okey de Julieta Venegas) y compartir tu dolor, tu ansiedad, tus TOCs o la fragilidad de tu salud mental, también. Lo vemos casi a diario y no creo que sea únicamente porque los trastornos mentales hayan aumentado: también hemos aprendido a comunicarlos de otra manera.

@sadpeoplememes tiene más de 76K de seguidores y cero autoestima.

Los millennials y los Z no llevamos el mismo tipo de pantalones, pero hemos contribuido a normalizar la ansiedad y la depresión, hablamos abiertamente de que vamos al psicólogo y compartimos memes sobre lo mal que estamos (aunque sea de forma irónica). Puede que seamos la generación de cristal, pero no por lo frágil, sino por lo transparente.

Pero ¿no nos estaremos pasando y autodiagnosticándonos de más? ¿Hacer memes sobre ello es irrespetuoso con las personas realmente afectadas? Una columnista del The New Yorker se preguntó lo mismo ante el auge del lenguaje-de-terapia y su conclusión tras preguntar a varios psicólogos fue que existen algunos riesgos, pero que son preferibles al miedo y la vergüenza a hablar de estos temas que existían antes. Así que Maja, allá van unas cuantas cosas tristes para seguir derrumbando estigmas y reivindicando la salud mental como una prioridad:

Cosas tristes:

  • La cuenta de Twitter que hace llorar a Katy Perry. La revista Rolling Stone puso un titular parecido cuando entrevistó por primera vez a @SoSadToday, la reina de la bajona en Twitter. 

  • Los lugares más tristes del mundo. ¿Buscando destino para tus próximas vacaciones? La Isla de la Decepción, el Lago Inconsolable y Divorce Beach te esperan con los brazos abiertos.

  • Sad Lisa Simpson. Pobre Lisa, no la recordaba yo tan triste. Aunque ahora que lo pienso, no conquistas nada con una ensalada.

  • Una página de Facebook abandonada. Tía, no llores no publica nada desde diciembre de 2019, no sabemos si ha dejado de llorar o es que se ha mudado a Instagram. En cualquier caso, tías, no lloréis.

  • Una lista de canciones para llorar. Tampoco me lo he currado mucho, he ido a estados de ánimo en Spotify y he cogido una que parecía bastante triste. Si tienes una mejor, envíanosla para que la compartamos en Twitter y lloremos todas juntas. 


Maja, esta miscelánea te cabe en el bolsillo del pantalón pitillo: 

yo soy superanticoches, menos cuando un amigo me lleva en coche a algún lado, que es otra movida

– - (@todofoba)
Adiós, amiga, como dirían Marta y Marilia, aguanta un poco más o lo echamos a suertes. ¡Nos vemos en 15 días!
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